• Andrés Cisneros

Bielsa hizo un haka

Lo que dijo el embajador, con la sutileza de la danza maorí, no ha sido más que anteponer el deseo de sus jefes de brindar un testimonio de heroica bravura revolucionaria, aunque el interés argentino se perjudique ante Chile y la región.



A los que estudiamos Derecho, ya en los primeras clases de ingreso se nos confronta con el personaje que, ante los jueces, alega que él no mató, sino que el que mató fue su brazo. Lo que parece una chanza no funciona como tal. Es una especie de “pasa, no pasa” de quienes son capaces de distinguir con un mínimo de claridad: los pocos que no se ríen a carcajadas frecuentemente resultan malos juristas, pero pueden perfectamente terminar como funcionarios o embajadores de perfiles mayestáticos, de esos capaces de embellecer cualquier anaquel, de cualquier ministerio necesitado de perfiles decorativos. Si seguimos así, dentro de poco en el Palacio San Martín no vamos a dictar cursos de ingreso, sino directamente castings.


Lo que hizo Rafael Bielsa equivale a lo mismo: cuando nuestro gobierno alega que no emitió opiniones como embajador sino a título exclusivamente personal repite la falacia que propone distinguir al responsable de un acto de su brazo ejecutor. Los diplomáticos no emiten opiniones personales en público. Bielsa, que fue de todo, pero también canciller, no lo ignora. Lo más probable es que se encuentre militando en una corriente supuestamente revolucionaria, tipo lo Setenta, que no sienta demasiado respeto por las buenas relaciones con otros países pro occidentales, seguramente un prejuicio burgués despreciable.


Peor, porque no es que se le escapó, no era una charla privada o que lo grabaron sin avisarle o algo semejante. No, eligió voluntariamente salir al aire y decirlas por radio.


Ante los numerosos dislates de la diplomacia kirchnerista, tan devota de Benny Hill, alguna vez pregunté si por ahí no sería mejor cerrar la Cancillería y alquilar el edificio, así al menos ahorramos más papelones. Mucha gente igualmente hastiada tiende a pensar si vale le pena que gente así nos represente ante el mundo. Pero no se trata de un error: es a propósito.


Toda política exterior nace de la política interior. Y en un país donde, desde el gobierno, se trabaja diariamente para aumentar, no para disminuir la grieta entre connacionales, qué otra lógica de política exterior puede esperarse en la relación con el mundo, especialmente el malvado mundo occidental y, más especialmente, con los vecinos más cercanos cuando eligen dirigentes que no se parecen a Maduro, Chávez, los Castro, Evo Morales o Noriega.


La contraprueba: cuando se trata de opinar sobre dictaduras indefendibles pero afines al kirchnerismo, entonces sí el Gobierno argentino declara abstenerse “para no cometer una injerencia en los asuntos internos de otro estado”. Infortunadamente, al doctor Bielsa no parecen haberle informado. Lo de Bielsa no ha sido un error solitario. Baste recordar la saga de otro embajador, como el inefable Carlos Raimundi ante la OEA. El jefe máximo de ambos visitó a Lula en la cárcel para solidarizarse ante las inminentes elecciones y acompañó el regreso, a pie, de Evo Morales al suelo boliviano, en una hilarante recreación de Bogart y Claude Rains en el glorioso final de “Casablanca”.


Los embajadores no hablan en público si no es oficialmente, nunca en forma personal. El embajador argentino identificando al flamante ganador de una elección chilena como una desgracia para su propio país y, por añadidura, también para la Argentina, no está cometiendo un error: está recitando obedientemente el manual de todo totalitarismo, que siempre identifican al gobierno con el Estado, de suerte que lo que le hace mal al gobierno es malo para el país. Seis, siete, ocho.


En la política interna el kirchnerismo siempre privilegia a los intereses de facción por sobre el bien común. Por eso no sorprende que, en política exterior, privilegie el testimonio ideológico antes que los intereses nacionales. Y lo que acaba de hacer Bielsa, con la sutileza de un Haka, no ha sido sino anteponer el deseo de sus jefes de brindar un testimonio, otro más, de heroica bravura revolucionaria latinoamericana aunque el interés nacional argentino se perjudique ante Chile y la región. Se trata de un patético intento de exhibir ante su recientemente golpeada clientela electoral la vigencia de ese delirante capítulo externo del relato kirchnerista –el de la Patria Grande- que se procura instalar a través del jurásico elenco del Grupo de Puebla, en una suerte de Carta Abierta latinoamericana tan laboriosamente movilizado por Marco Enríquez Ominami, a quien muchos quisieron lanzar como un moderno Bernardo de Monteagudo pero que, por ahora, solo compite con Daniel Filmus a ver quién pierde más elecciones.


Es un lugar común que, en una sociedad que tradicionalmente no presta mucha atención a las relaciones internacionales, cada vez más argentinos se preguntan para qué nos sirve tener una política exterior. La respuesta tiende a presentarse de múltiples formas, pero nunca hay que descartar a Pestalozzi: de la manera que la practican Bielsa y sus jefes ya vamos aprendiendo para que no nos sirve.



(*) Ex vicecanciller argentino


Infobae 23 de noviembre de 2021


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