• Julio Moreno

Jugando al default, junto al abismo

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La cumbre entre el ministro Martín Guzmán y los referentes de Juntos por el Cambio, que iba a ser en el Congreso, se abortó. O mejor dicho la abortó el fundamentalismo camporista que ni siquiera representa al kirchnerismo mayoritario. Porque se puede ser kirchnerista sin necesidad de suicidarse. Bloquear un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional es zambullirnos en el default, imaginándonos que vamos a contar con el apoyo de China y Rusia y que vamos a poder liderar una revolución latinoamericana desde la Copal.

Y la visita del canciller a Washington volvió con la respuesta esperable: hagan los deberes.

Los argumentos de Guzmán están fundados en una serie de excusas relacionadas con problemas ideológicos o prioridades de destinar los gastos a reactivar la economía, cuando en realidad lo que sucede es que no tienen un programa para reactivar y estabilizar la economía que redundara en mejorar la calidad de vida de los argentinos, reduciendo la pobreza, mejorando la salud, educación, aumentando las inversiones y construyendo un país serio, estable, con reglas de juego claras y con seguridad jurídica.


El país está endeudado por sobre sus posibilidades de pago. Está endeudado desde 2002 y esa deuda es acumulativa. Fernández, en dos años, la incrementó más que Macri o Cristina en cuatro. Y ninguno la bajó. Si no se racionalizan los subsidios a las tarifas y se garantiza el financiamiento nos hundiremos más y más en el panta no.

Default significa poca seriedad y ninguna credibilidad como país; caída más pronunciada de la inversión y el empleo, aumento de la pobreza y una inflación galopante. En esas condiciones, los chinos y los rusos solo estarán interesados en llegar con nosotros a acuerdos que solo beneficiarán a esos países (y a los intermedia rios, claro)

Cuando Guzmán anunció que con el FMI hubo acuerdos en muchos temas menos el fiscal, lo que debemos interpretar es que "no hubo acuerdo". El equilibrio fiscal se logra cuando se gasta igual de lo que se recauda, en el caso de nuestro país es más que significativo el desequilibrio entre ingresos y egresos, con el agravante de que el mismo se financia con emisión monetaria. El déficit fiscal se mide en relación al producto bruto interno (PBI), es decir con todo lo producido en un año. Durante el año pasado el déficit fiscal fue en términos de redondeo del 3% y se estima que este año llegara al 5%, Recordemos que este 2022 no tendremos impuesto a la riqueza, la sequía disminuirá la producción exportable y también las retenciones, y a los subsidios les será muy difícil reducirlos, con estas perspectivas es probable que este año el déficit llegue al 5%, las pretensiones del FMI son bajar ese déficit a la mitad en 2023 y durante el 2024 reducirlo al 1%, no siendo un tema menor.

Se mezclan cuestiones matemáticas con políticas; Estados Unidos pide un plan consensuado con todos los sectores, es decir un programa con sustento, para recién aprobarlo. Es difícil que esto ocurra con un país que manda al canciller a Estados Unidos mientras la vicepresidenta compara al FMI con el coronavirus. La excusa de Guzmán es que no hay garantías de que reduciendo el déficit habrá reactivación. Definitivamente, como antes Néstor y, desde entonces todos, el ajuste lo hace la inflación: veinte millones de pobres y cinco millones de indigentes así lo demuestran.

Los funcionarios y técnicos del FMI jamás aprobaran una reestructuración de la deuda con un programa inconsistente. Hasta la fecha podemos asegurar que si hay problemas técnicos en la confección del plan es porque aún no lo presentaron, o porque el programa que sugirieron carece de bases sólidas. De hecho, no convence al equipo técnico del FMI.

Las razones son simples: la escasa capacidad de Argentina para aumentar las reservas y para generar confianza, ya que con confianza las inversiones aumentarían la oferta de bienes y servicios produciendo excedentes exportables y, por supuesto, divisas que tanta falta nos hacen, ya que actualmente el sector externo es un tema vulnerable en nuestro país.

El FMI tampoco está pidiendo una devaluación urgente, pero sí un compromiso que lleve a una unificación cambiaria, un tema estratégico. El peso argentino es una ficción.

Recientemente Joseph Stiglitz, en un artículo publicado en Project Syndicate, creyó ver un milagro en la política económica del gobierno de Argentina, destacando la reactivación de la capacidad instalada y aplaudiendo el crecimiento significativo de las exportaciones (de productos primarios), tasas de impuestos más altas, las ganancias corporativas y las reformas de las políticas de crédito e inversiones en infraestructura pública e investigación y desarrollo. Este artículo fue dirigido al FMI, en su doble condición de asesor favorito de la vicepresidenta Cristina Kirchner y de su ahijado, Martín Guzmán.

Analicemos ese milagro: durante la pandemia el PBI cayó cerca del 12% y el repunte fue del 10% durante 2021; no es crecimiento, y si sumamos la inflación del año pasado, superior al 50%, con los siguientes condimentos: atrasos tarifarios, aumento de la pobreza, devaluaciones en los últimos dos años, controles del tipo de cambio y precios máximos en más de 1.300 productos, alternando significativamente los precios relativos. El milagro no existió y los datos del Indec hablan de naufragio.

Además, en 2021: a) El precio de la soja aumentó como consecuencia de la disminución en la producción por la pandemia, generando récords de exportaciones, b) Recibimos 4.334 millones de dólares por derechos especiales de giro del FMI (sí, del FMI) y las reservas genuinas están agotadas.

No hay milagro y parece que lo que viene es más parecido a un maleficio: el aumento de la presión fiscal podría tener mayor impacto que los cambios macroeconómicos propuestos. La seguridad jurídica y política es una cerrazón que nos ciega mientras manejamos en la cornisa.

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