• Julio Moreno

La endémica fragilidad de nuestra economía

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Los últimos 25 años, desde el punto de vista financiero, han conformado el peor período de los casi 200 años de vida independiente de nuestro país. Esto ha repercutido en la disminución de la calidad de vida social, económica, política y psíquica.


Pensemos en el 19 de diciembre de 2001: los argentinos hemos venido engañándonos creyendo que con voltear gobiernos se puede terminar definitivamente con modelos económicos perversos y con sistemas políticos caducos, y simplificando el diagnóstico en la corrupción que existe entre sus dirigentes.


Los gobiernos constitucionales que tuvimos después de la dictadura no fueron capaces de generar una nueva política económica, social y financiera, consensuando objetivos y convicciones de largo plazo y abrevando (o dejándose condicionar) en las declamaciones de tono populista, que simplemente profundizaron la crisis.


Una investigación del World Economic Outlook del FMI estudió 168 países y sus desempeños a lo largo de los últimos 25 años. Los expertos llegaron a la conclusión de que el monto de las deudas en proporción a la generación de riqueza, no es ni ha sido la causa de las repetidas crisis de pago con acreedores con el resto del mundo ya sean fondos institucionales u organismos de crédito multilateral, sino que se encuentran en otros orígenes.



La clave está en la ausencia de planes económicos sustentables en el tiempo que contribuyan a revalorizar la pérdida de crédito de los grandes inversores internacionales; el síntoma inmediato es el índice de riesgo país, que implica una sobretasa anual en dólares por sobre la que pagan países vecinos.


Un punto de inflexión


Hablamos de inestabilidad del país y la repetición cíclica de crisis, fruto del permanente desequilibrio económico. Si consideramos el período que va desde el Rodrigazo, en 1975, hasta el 2020, se registraron siete crisis económicas, una cada siete años, y todas de origen endógeno. El ciclo económico se ha acelerado y han crecido en forma vertiginosa la pobreza, el desempleo, el hambre, la caída del salario real, entre las consecuencias más importantes y destructivas de estas crisis económicas.


El "Rodrigazo" fue el producto de la devaluación anunciada el 4 de junio de 1975, por el ministro de Isabel Martínez, Celestino Rodrigo. Con el argumento de eliminar las distorsiones de los precios relativos, impulsó una serie de medidas de shock que incluyeron, además de la fuerte devaluación, el aumento de los precios y tarifas de los servicios públicos, el transporte y los combustibles, de hasta 180%, y topes a los aumentos salariales. Las medidas dispararon la inflación que pasó del 24% en 1974 a 182% en 1975. El plan fracasó. Rodrigo fue uno de los seis ministros de Economía de esa gestión, que intentó un giro de 180 grados con respecto a lo que venía haciendo José Ben Gelbard; rápidamente, fue reemplazado por Alfredo Gómez Morales, y en seis meses se sucedieron Pedro Bonanni, Antonio Cafiero y Emilio Mondelli. Ninguno logró salir a flote y pronto llegó la dictadura.


Desde entonces, todos fueron fracasos, atravesados por la inflación y la recesión intermitente: el plan de José Martínez de Hoz ni siquiera avanzó en la liberalización prometida; la deuda externa y la crisis del petróleo abrumaron al gobierno de Raúl Alfonsín, quien en 1985 intentó frenar la inflación y sanear la Economía, con los planes Austral y Primavera; todo estalló en la hiperinflación. La convertibilidad, que mantuvo la estabilidad durante diez años, mostró también signos de vulnerabilidad a los impactos externos, como las sucesivas crisis financieras y cambiarias de los países asiáticos, México y Brasil.


Estallido del 2001: desde 1998, los indicadores económicos y sociales no dejaron de retroceder; cayó el nivel de actividad, el empleo, los ingresos y las finanzas públicas; la larga recesión desde 1998 hasta 2001 fue derrumbando las economías regionales y una década después de la hiperinflación llegaron el "corralito", el "corralón", cacerolazos, estado de sitio, piqueteros, "el helicóptero", y los eslóganes como "el que depositó dólares, recibirá dólares". Fue un fin de ciclo.


Luego, en las dos décadas siguientes, ni el kirchnerismo ni el macrismo lograron revertir la tendencia.


Las causas de estas crisis en Argentina preceden al Rodrigazo: en el período que transcurre desde 1930 hasta 1975, toda Latinoamérica experimentó con el proyecto de "industrialización por sustitución de importaciones". La crisis del petróleo, derivada de la guerra árabe-israelí de 1973 fue letal para el modelo, y disolvió el Estado de Bienestar. Fue una herida muy profunda. A partir de 1975, los problemas tuvieron y tienen que ver esencialmente con el sector financiero de la economía.


Las causas de las crisis recurrentes debemos buscarlas en el megaendeudamiento del país, la altísima tasa de dolarización de las carteras de las elites económicas, la fuga de capitales, los golpes de mercado y los saltos cambiarios. La crisis financiera, finalmente, impacta en la productividad y competitividad de la economía.


Problemas que se repiten


Nuestros problemas se repitieron transversalmente en las crisis económicas. Dificultad para administrar el balance entre la capacidad de generar valor y el consumo de recursos que se desea, es decir consumir igual o menos de lo que ingresa, cuando se gasta más de lo que se produce genera deuda o inflación (por emisión monetaria). El crecimiento de las grandes deudas que se fueron acumulando desde mediados de 1970 y que nos llevaron al default de 1982 y 2001; tomar deuda permite consumir hoy recursos.


que se van a producir en el futuro con la incertidumbre sobre si alcanzará el crecimiento para cumplir con estos compromisos.

Al no contar con una moneda sólida que inspire confianza, no hay volumen de ahorro en moneda nacional que le permita al Estado financiarse rápidamente; de allí la necesidad de recurrir a endeudarse en el exterior y la necesidad de divisas para el pago de dichas deudas.

La inflación: cuando en épocas de crecimiento, la política económica tendría que ser contra-cíclica, es decir gastar menos en las expansiones para tener la posibilidad de hacerlo en épocas de recesión, que es cuando el Gobierno no puede disminuir los gastos. Cuando se llega a ese punto, el gobierno tiene dos caminos: endeudarse o emitir dinero; al emitir dinero en exceso la solución sobrepasa la política monetaria, el problema se irradia a lo largo y ancho del sistema, y ya depende de temas institucionales tales como estructuras de costos, contratos, tipos de cambio, acontecimientos muy difíciles de solucionar.

El dilema de cómo determinar el tipo de cambio real, cuánto vale o debería valer el peso; si lo tenemos subvaluado perjudica a los exportadores y a los trabajadores del mercado interno, o si está sobrevaluado puede generar mayor capacidad adquisitiva del salario pero menos competitividad internacional.


Empezar a crecer


Ningún gobierno pudo, en este período, romper con el cepo de acero que se tendió alrededor del país en política económica, social y financiera. Por el contrario, pese a sus declamaciones de tono populista, profundizaron al modelo.

Para que exista crecimiento, no se necesita más Estado, más gasto público, más impuestos, más regulaciones o más controles ni acuerdos de precios.

Se necesita un Estado eficiente, transparente y que valore la profesionalidad y el mérito. Se necesita más sector privado, que este tenga la certeza y los incentivos para que pueda ser rentable, que invierta y que genere empleo genuino y bien remunerado en base a ganancias con productividad y competitividad.

Para esto se necesita una dirigencia política que se maneje con reglas de juego claras, estabilidad y seguridad jurídica.

Sin estas condiciones, cada día va a haber más trabajadores pobres o excluidos, y más dilapidación de recursos públicos en gasto político, sin ninguna idea.

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